“El Dia”

“El Día”

 

 

Estuve esperándote desde hace mucho tiempo. Estoy feliz de que hoy será el día en que al fin podré verte. Vestida con mi mejor atuendo estoy preparando los detalles para tu llegada. Compre vino tinto, mi favorito. Zapatos nuevos aunque no creo que los vaya a utilizar. Ropa interior de encaje que me hace sentir especial para ti.

 

Prepare la casa, limpie puertas y ventanas. Aspire las alfombras. Cuide cada detalle de la casa para que tu estadía sea confortable. Mamá y Papá no estarán en los próximos tres días  ¡No tienes idea de cuanto ansío estar a tu lado!

 

Reviso por última vez que todo esté en orden. Pongo música suave para ambientar la velada. Ya casi es hora de que vengas a mí. Sirvo en una copa un poco de vino tinto. De un trago bebo todo el líquido.

 

Con el vino en la mano y una bolsita en la otra subo las escaleras y voy al lugar que destine para esperarte ¡ya tengo todo listo!.

 

Mi amor, mi grande y más dulce amor. Mi intento de ser perfectamente bella no se compara en nada con tu hermosura, con tus calidos ojos, con tu piel blanca y fina. Tan esbelta y siempre tan elegante. ¡Te amo más de lo que necesito mi libertad!

 

Sentada en nuestro lugar sirvo más vino en la copa. Mi cuerpo tiembla de emoción al esperarte. Saco de la bolsita el precioso objeto que me ayudara a verte. Sin pensarlo demasiado, hago una cruz en cada una de mis muñecas. Mi sangre cae en mi maravilloso vestido azul de seda.

 

Sirvo más vino en mi copa, su sabor seduce mis sentidos y me relaja.

 

Gota a gota mi sangre va callendo en el piso de marmol blanco de la bañera.

 

Decido dar el segundo paso. Tomo de la cajita dentro de la bolsa las pastillas que con mucho esfuerzo conseguí, pues nadie se debe enterar de lo nuestro.

 

Sin trabajo y en cuestion de minutos trago el montón de pildoras que acelerarán mi proceso para llegar a tu lado.

 

Mi corazón comienza a acelerarce. Empiezo a perder el control de mis manos y de mi cuerpo. Con las fuerzas que me quedan sirvo más vino en mi copa y bebo hasta terminar la botella. Su sabor se mezcla con el sabor de mi sangre. Estoy feliz de que haya llegado este día.

 

Suspiro y cierro los ojos. ¡Ahi estas! mi amada, mi mejor amiga. Mi admiración por tí es tal que no puedo contener las lágrimas.

 

Sufri demasiado todos estos años por tu ausencia. Me sentía sola, pero ya no más. Tú, parada ahí frente a mi. Viéndome con esos hermosos ojos que me acercan a las estrellas. Tu mirada tan profunda y penetrante me estremece. Tu vestido tan negro como el azul del universo.

 

Me siento bien ahora estando a tu lado. Tengro frío. Sólo eso. El miedo, la soledad y la desolación se han ido al llegar tú. Es como si fueras aquella guerrera que me protege de mis pesadillas.

 

Me das la calma que necesito para poder seguirte. Tu amor tan infinito me da valor, me da fuerza y por primera vez en toda mi existencia tengo alegría en mi corazón.

 

Mi cuerpo empieza a dar sus últimos suspiros. Mis ojos permanecen cerrados, pero no necesito abrirlos para poder admirar tu belleza. Quisiera tocarte. Sentir tus dedos entrelazados entre los míos pero aún estas lejos. ¡Te necesito más cerca! Dime qué hago para poder hacerlo pues ya lo hice todo y sólo es cuestion de esperar.

 

A ti, que sólo me observas morir, te entrego mi alma pues a mí ya no me sirve. Te entrego mi cuerpo pues lo cuidé y lo traté para que tú lo resguardaras. Te entrego mis memorias, aunque algunas ya son vanas. Te entrego mis deseos, que ninguno de ellos fue cumplido. Y especialmente te entrego mi corazón, pues sé que sólo tú y únicamente tú sabrá amarlo como nadie lo supo hacer.

 

Te veo más cerca. Siento como si estuviera recostada en una nube. Ya no tengo frío y al fín dejé de escuchar la música que había puesto en el estereo.

 

Despúes de tanto esperarte, mi dulce y amada Catrina, en este día finalmente puedo sentir tu cálido abrazo.

 

Tanya

 

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Para un amor platónico

“Para un amor platónico”

 

Quería escribir algo con mucho dolor y sufrimiento. Que te hiciera llorar y reír al mismo tiempo. Que de pronto sintieras que estas completamente solo, que no tienes nada, que no eres nada, algo que te hiciera sentir vulnerable.

 

Aquí, en estas letras, te quería decir todo lo que siento, todo el sufrimiento que me has hecho sentir. ¡Te quería mostrar toda y tan cual yo era! Lo apasionada que soy, lo mágica que soy. Te quería demostrar que si tú te acercabas a mi seria como llegar al cielo, pues sé que muy dentro de mí existe alguien como tu quieres y como deseas.

 

Pero ¿sabes algo? No lo hice. No escribí ninguna de esas palabras. No te escribí lo que yo sentía. No te escribí aquello que te hiriera hasta la muerte. No lo hice y no lo haré. Pues me di cuenta de que no me hiciste sufrir lo suficiente como para poder detonar en mí ese poder que haría salir tales palabras de mi corazón. Me di cuenta de que yo no te amaba y que por ello no podría sufrir el dolor que causa saber que cuando amas a alguien y crees que ese alguien piensa y siente lo mismo por ti, no es cierto. ¡No lo es y punto!

 

Creí amarte, en verdad lo creí. Creía amarte con locura. Pensé que serias tú por fin aquel hombre que estaría destinado para mí. Pero fue muy grande mi desilusión al darme cuenta de que lo que yo pensaba que tu sentías por mi era sólo un mal entendido, pues tu únicamente tenias hacia mí simples atenciones de caballero.

 

Y poco a poco descubrí  que pasaran demasiados años para que yo, por primera vez, sienta dentro de mí el fuego de un amor correspondido.

 

 

Tanya

 

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Tu oscuridad

“Tu oscuridad”

 

Acudí a tu llamado. Acudí a ti sin esperar nada a cambio. Me faltó el aire cuando al fin pude verte. ¿A dónde miras? ¿Qué parte de mí observas cuando tus ojos ven en dirección a mí? ¿Acaso es mi alma lo que vislumbras? ¿Es mi cuerpo? ¿La luz de mis propios ojos? NO. Nada de eso puedes ver. Tus ojos se guían por el simple sonido de mi voz. Tu sonrisa es sombría. Tu mirada, que en mi infancia me dio fuerza y me alentó para seguir adelante, ahora es triste, amarga, fría, desolada. Conserva sólo la luz de la esperanza. La incertidumbre es tu mejor aliada y a través de ella intentas ser feliz.

 

Mi cuerpo está capacitado para auxiliarte, mas no mi alma. Sin embargo seguí sin mirar atrás, sin reparar en la amarga tristeza que me causa ver la realidad de tu existencia. Seguí sin reparar en el dolor tan grande que siento al ver tu frustración cuando derramas algo. Seguí, y fui tu heroína al librar las batallas con los más grandes y aterradores demonios de tu mente y de tu familia.

 

Mientras yo perdía mi futuro y mis ilusiones, tu perdiste la luz, esa luz que a todo ser humano le da confianza y libertad, esa luz, que en las desgracias más devastadoras, da fuerza y alegría, anima y reconforta.

 

En tu oscuridad, que se volvió la mía, aprendí a madurar, aprendí a dejar de ser tu hija y empezar a ser tu mejor amiga.

 

En esa oscuridad, que el universo mismo te obligó a vivir y que con terror al principio pero con amor al final aceptaste, tú me diste tus más grandes y sabios consejos. Ahí, tú y yo empezamos a divertirnos. Inventamos nuevos juegos. Creamos nuevas historias. Fortalecimos nuestro lazo de madre e hija. Nos volvimos una sola.

 

En esa oscuridad, que reinara por siempre en tu vida y en la mía, me encontré a mí misma y te encontré a ti. Estiré mi mano para timar la tuya y seguir este camino oscuro, frío y tenebroso. Y fue ahí, al sentir tus dedos, que entendí que yo no vine a ti para ayudarte a tolerar tu nueva vida. No llegué para ser tu paño de lágrimas ni para ser tu pilar.

 

Acudí a ti para que desde tu oscuridad me ayudaras a encontrar mi luz, me apoyaras, fueras mi paño de lágrimas y me auxiliaras a tolerar mi nueva vida, que empezó cuando tú entraste en la oscuridad.

 Tanya

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Somnus (Sueño)

Somnus

 

            Caminaba despacio por la fría y oscura calle.  Era tarde y mi destino estaba algo lejos pero prefiero caminar. Necesito ese tiempo para ordenar mi mente y encontrar las preguntas exactas para solucionar este malentendido. Él, mi mejor amigo, atestiguo en mi contra en este maldito caso en el que alguien me inculpó. No recuerdo bien lo sucedió, pasó tan rápido que sólo tuve tiempo para pagar la fianza y quedar en libertad condicional. ¿Por qué él, mi amigo, mi hermano del alma, dijo ante el ministerio público que varias veces me había visto drogarme y que otras tantas me llevó al hospital por sobredosis? Si yo en mi vida siquiera he visto algún estupefaciente.

 

            Tengo que hablar con él, que me dé sus razones por que me traicionó ¿Acaso fue dinero? ¿Arruinó mi vida por eso? Días antes me pidió prestada una suma muy grande, se la negué porque no quiso decirme para qué necesitaba ese dinero con tanta urgencia. Soy hombre de negocios, para mí el dinero no es problema y de hecho esa cantidad que pidió es mínima comparada con lo que he gastado en lujos que no necesito. A eso iba, el día que me arrestaron, a ofrecerle el dinero que con tanta insistencia me pidió; a eso voy a preguntarle si aún lo necesita y a ofrecerle más para que levante los cargos.

 

            Doblé la esquina y me lo encontré, estaba ahí, de vuelta a la pared, recargado en ella con una mano y en la otra tenia algo parecido a un cigarrillo. Absorto en sus pensamientos, ni siquiera sintió cuando me le acerqué. Parecía drogado. La penumbra apenas me permitió observar que sus ojos estaban inyectados de sangre.

 

            —Genaro ¿Porqué lo hiciste? ¿Por qué me traicionaste? ¡Aruinaste mi vida! Me culpaste de algo que no hice. Sabes bien que quien se droga y vende eso eres tú y yo nunca te denuncie ¿Por qué dijiste lo contrario?—pregunté sin saludar.

 

            —Yo no arruiné tu vida ¡Fuiste tú quien arruinó la mía! Necesitaba pagarle al narco y tú con tus malditas preguntas ¿Qué te costaba darme la plata? Pero a no tú luego luego desconfiaste ¡Me purga que desconfíen de mí! Por eso fui y metí eso en tu casa y en tu ropa, llamé a la policía y ¡mentí! dije que esa coca era tuya y después tú sales como si nada de la cárcel ¡te odio! Tú con tu maldita vida resuelta mientras que yo vivo cuidándome la espalda y engañando a mi mujer—Me empuja a cada frase. Siento su odio, su agresión contra mí. Me lastima tanto que caigo de espalda a unos botes de basura, intento sostenerme en el piso con una mano, pero justo ahí hay un clavo que se me entierra y me la deja inmóvil. Como puedo me levanto y corro con él tras de mí a su casa para avisar a Laura, su esposa, y que llame a la policía. Él está cegado de ira, drogado y armado, es muy peligroso regresarle los golpes para defenderme. Llego a la puerta y toco, me abre Laura asustada. Frente a ella Genaro llega por detrás de mí, me voltea y me da un puñetazo en la cara. Lo siento como yunque. El dolor me marea. Me rompió la nariz y estoy sangrando. Laura se aparta y corre hacia el teléfono. Genaro de nuevo me lastima. Ahora caigo boca arriba encima del tapete de Bienvenida. En el piso siento las furiosas patadas de mi mejor amigo. Me rompe tres costillas.

 

            — ¡Ya basta Genaro ya pagué tu condena, suéltame, déjame ir, me culpaste y te perdono pero ya termina!— le digo casi en un susurro porque el dolor no me deja gritar.

 

            —¿Me perdonas? ¡Tú a mí! Eres un idiota, debería ser yo quien te perdonase por existir pero no lo hago ¡Muérete!

 

            Lo veo sacar de su cintura el arma y apuntar contra mí. Dispara. La bala entra en mi pierna derecha y dejo de sentirla. Dispara. Entra en mi estómago. El dolor se aúna con el de las costillas rotas. Dispara. Entra muy cerca de mi brazo izquierdo. Me cuesta respirar. Miro a un lado y veo el tapete bañado de sangre. Sé que estoy muriendo. Aturdido escucho los gritos de Laura pidiendo piedad. Dispara. Ahora entró en mi garganta. Dejo de respirar. Mi corazón se agita. Cierro los ojos. Mi amigo ríe y da un último disparo. Entró en mi cabeza. Estoy muerto.

 

            Vagamente escucho que tocan a la puerta, el sonido se hace cada vez más fuerte. Abro los ojos. Reconozco el lugar en donde estoy. Es mi habitación en mi departamento. La que sucedió hace unos instantes era sólo un sueño ¡pero fue tan real! Me sentí morir. Comprendo que seguramente fue una broma de mi inconsciente a causa de la presión y el estrés por el problema legal en el que estoy metido. Encontraron droga aquí en mi casa y me culparon de venderla. Gracias a que no tenía más cargos en mi contra fijaron la fianza pero el juicio y las averiguaciones siguen. Agitado cruzo el pasillo de la sala para abrir la puerta. Miro el reloj de la pared son las tres de la madrugada. Me pregunto quien será a estas horas ¿Y si es Genaro pidiéndome perdón por haberme traicionado? Sí atestiguó en mi contra ¡Y le falta darme una explicación! Le hablé a su casa antes de irme a dormir pero no contestaron. Abro la puerta.

 

            —¿Miguel Gonzáles? — Me preguntó el oficial que estaba en el marco de la puerta.

 

            —Sí soy yo ¿Qué desea?—Le respondo un tanto asustado.

 

            — Esta arrestado por el homicidio en primer grado de Genaro Hernández— Me decía mientras entraba en mi casa— Vístase nos vamos a la delegación. Aquí lo espero y no intente escapar. Allá abajo hay muchos policías y son más rudos que yo.

 

            —¿Cómo murió?— Dolido le pregunté. Sé que no fui yo quien lo mató pero no hay pruebas de ello, además soy sospechoso porque él atestiguo en mi contra.

 

            —¿Estabas tan drogado que no lo recuerdas?— Me dijo en tono sarcástico—Lo golpeaste en la esquina de su casa, corrió a avisar a su esposa, ahí volviste a golpearlo y lo pateabas hasta cansarte. Empuñaste tu pistola y la vaciaste sobre él. Una bala cayó en su pierna derecha, otra en el estómago, otra muy cerca de su corazón que perforó un pulmón, una más en su garganta y la que lo mató la apuntaste a la tapa de los sesos. Laura vio todo y dice que fuiste TÚ quien lo hizo.

 

            Me vestí y el uniformado me acompaño escaleras abajo a la patrulla. Genaro esta muerto ¡Fui yo quien le quito la vida! El sueño es real pero ¿Por qué sentí yo todo lo que le paso a él?

 

 

Tanya Lara 

 

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“Feliz Día del Padre”

“Feliz Día del Padre”

 

Semi sentada a la luz de una vela vez tu triste reflejo en la pared. Te incomoda pensar que aquel rostro es el tuyo.

Mujer patética, tonta, triste y abnegada ¿Porqué lloras? ¡Maldita sea si no fue tu culpa! Aquel hombre que se dice ser tu padre murió hace años en tu corazón.

 

—¿Porqué lo fui a ver?—  le preguntas al reflejo que desolado te mira. Era sólo protocolo, pequeña migaja de consideración tuya a ese ser inútil y despreciable que sólo hizo añicos tu alma y terminó por destrozar cualquier esperanza de vida.

 

—¡Fue en defensa propia!— le dices al espejo que vagamente te presenta las imágenes de este presente que se hizo pasado.

 

Te miras, y observas detenidamente las manchas rojas que se alojan en tu ropa, sí es sangre ¡y es tuya! Derramada por el insulso deseo de protegerte a ti misma. A tu mente llegan los recuerdos de lo ocurrido: te amagó y borracho ¡quiso hacerte suya! Fue imposible el acto gracias a tu magnifica flexibilidad y al avión a escala barato que le enterraste en la ingle. Desangrado pero aún con fuerzas agarró tu pierna justo en el momento en que huías, caíste de bruces contra el piso y te arrastró por él sin piedad mientras lo pateabas y rasguñabas con las extremidades que te quedaban libres. En el suelo frío, tu tibia sangre se mezclaba con la de él. Mirabas a cualquier lado, esperanzada en encontrar un objeto para golpearlo y poder escapar de su atadura; no lo encontraste pero ante ti apareció, como si lo hubieran puesto para ese fin, un escritorio de metal, tan rudo y grande para sostenerte que te abrazaste a él pensando en que así te soltaría. Pequeño error, puesto que sucedió algo inesperado y sentiste un dolor tan inmenso que desfallecerías. El tirón desprendió la rodilla de tu fémur pero también dislocó su brazo, instantáneamente te soltó. El hombre aullaba de dolor mientras que tú le pedías a tu cuerpo que reaccionara y te diera las fuerzas para salir de de esa maldita oficina en la que te quedaste de ver con él para comer.

 

—Infeliz, desgraciado ¡Me quería matar!— le dices entre lagrimas al reflejo que te mira.— ¡Ojalá se haya muerto!

 

Pero ¿y si se murió? Te responde la mente y a ella llega, como rayo doloroso, la imagen cuando tú le avientas a la cara el teléfono antiguo y de metal que no te permitió utilizar para llamar a la policía. Lentamente recuerdas cómo se desplomó al piso con un hilo sangrante en la cabeza. No te detuviste a ver si aquél fatídico hombre, al que alguna vez llamaste papá, estaba bien. Escapaste a rastras, ya que tu pierna era inservible y rebotaba a cada escalón que bajabas. El dolor era punzante, incesante, al grado de que no sabías en qué momento perderías el conocimiento. Escuchaste pasos bajar las escaleras y le pediste fervientemente a Dios que no hubiera sido él, que se había levantado y venía a terminar contigo. Una voz aterciopelada te pregunta si puede ayudarte y no puedes contestarle porque te desvaneces. 

 Tanya

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