“Feliz Día del Padre”

“Feliz Día del Padre”

 

Semi sentada a la luz de una vela vez tu triste reflejo en la pared. Te incomoda pensar que aquel rostro es el tuyo.

Mujer patética, tonta, triste y abnegada ¿Porqué lloras? ¡Maldita sea si no fue tu culpa! Aquel hombre que se dice ser tu padre murió hace años en tu corazón.

 

—¿Porqué lo fui a ver?—  le preguntas al reflejo que desolado te mira. Era sólo protocolo, pequeña migaja de consideración tuya a ese ser inútil y despreciable que sólo hizo añicos tu alma y terminó por destrozar cualquier esperanza de vida.

 

—¡Fue en defensa propia!— le dices al espejo que vagamente te presenta las imágenes de este presente que se hizo pasado.

 

Te miras, y observas detenidamente las manchas rojas que se alojan en tu ropa, sí es sangre ¡y es tuya! Derramada por el insulso deseo de protegerte a ti misma. A tu mente llegan los recuerdos de lo ocurrido: te amagó y borracho ¡quiso hacerte suya! Fue imposible el acto gracias a tu magnifica flexibilidad y al avión a escala barato que le enterraste en la ingle. Desangrado pero aún con fuerzas agarró tu pierna justo en el momento en que huías, caíste de bruces contra el piso y te arrastró por él sin piedad mientras lo pateabas y rasguñabas con las extremidades que te quedaban libres. En el suelo frío, tu tibia sangre se mezclaba con la de él. Mirabas a cualquier lado, esperanzada en encontrar un objeto para golpearlo y poder escapar de su atadura; no lo encontraste pero ante ti apareció, como si lo hubieran puesto para ese fin, un escritorio de metal, tan rudo y grande para sostenerte que te abrazaste a él pensando en que así te soltaría. Pequeño error, puesto que sucedió algo inesperado y sentiste un dolor tan inmenso que desfallecerías. El tirón desprendió la rodilla de tu fémur pero también dislocó su brazo, instantáneamente te soltó. El hombre aullaba de dolor mientras que tú le pedías a tu cuerpo que reaccionara y te diera las fuerzas para salir de de esa maldita oficina en la que te quedaste de ver con él para comer.

 

—Infeliz, desgraciado ¡Me quería matar!— le dices entre lagrimas al reflejo que te mira.— ¡Ojalá se haya muerto!

 

Pero ¿y si se murió? Te responde la mente y a ella llega, como rayo doloroso, la imagen cuando tú le avientas a la cara el teléfono antiguo y de metal que no te permitió utilizar para llamar a la policía. Lentamente recuerdas cómo se desplomó al piso con un hilo sangrante en la cabeza. No te detuviste a ver si aquél fatídico hombre, al que alguna vez llamaste papá, estaba bien. Escapaste a rastras, ya que tu pierna era inservible y rebotaba a cada escalón que bajabas. El dolor era punzante, incesante, al grado de que no sabías en qué momento perderías el conocimiento. Escuchaste pasos bajar las escaleras y le pediste fervientemente a Dios que no hubiera sido él, que se había levantado y venía a terminar contigo. Una voz aterciopelada te pregunta si puede ayudarte y no puedes contestarle porque te desvaneces. 

 Tanya

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